viernes, 25 de enero de 2013

capi 4


Era evidente que ni se planteaba que ella fuera a rechazarlo. Le estaba
demostrando bien a las claras la consideración en la que la tenía. Al darse
cuenta de su infinito desprecio, Vanessa estuvo a punto de perder el
autocontrol.

-¿De verdad cree que puede presentarse aquí y decirme...?
-Sí -la cortó Zac impaciente-. Déjate de jueguecitos, ya me he dado cuenta
de que no te soy indiferente.

Vanessa sintió que la recorría una furia sorda de la cabeza a los pies. Aquel tipo
debía creerse un dios. Y sin embargo, reconoció que la primera vez que lo vio,
se había quedado fascinada por él. Pocas veces había visto a un hombre tan
atractivo, y nunca a ninguno que a la vez fuera tan inteligente, que emanara
semejante aura de poder.
Sin embargo, nunca se había sentido atraída por él. De hecho, la mayoría de los
hombres no le gustaban, pues era incapaz de confiar en ellos. Nunca ningún
hombre la había visto como un ser humano, con emociones y sentimientos;
normalmente la consideraban poco más que un trofeo del que alardear delante de
otros hombres.
Siempre había sido así desde que era una adolescente, y Zac Efron no había hecho más
que comportarse como todos los demás. Y, sin embargo, no podía entender de
dónde nacía esa amarga desilusión que recorría su ser.

-Estás temblando... ¿por qué no te sientas? -Zac le señaló un sillón. Como ella no se
moviera, se la quedó mirando reprobadoramente-. 
Tienes ojeras, y has

perdido peso, además. Deberías cuidarte más.

Vanessa se propuso no perder los nervios, no darle a entender lo humillada y dolida que
se sentía. Aquel hombre no sólo se presentaba por las buenas en casa de Liz
para espetarle un montón de inconveniencias, sino que además esperaba que ella
se arrojara agradecida a sus pies.

-Su interés por mi bienestar
es improcedente e innecesario, señor Efron -replicó orgullosamente. 

Decidió sentarse, pues de lo contrario temía no poder contenerse y soltarle un par de merecidos bofetones a aquel insolente.
Él tomó asiento frente a ella, lo que resultó un alivio, ya que su estatura resultaba
imponente hasta para una mujer alta como Vanessa. Para ser un hombre tan
corpulento, se movía con la ligereza y la gracia de un atleta. Era tan dorado
como ella morena, y su atractivo no tenía comparación posible: sus pómulos sólo
podían calificarse como espectaculares, la nariz era de una perfección
insultante, los labios eran llenos y sensuales.
Pero lo que realmente definía su rostro eran los ojos de un azul claro. Sin embargo,
en aquellos instantes, no había ni rastro de delicadeza o emoción en su intensa
mirada.

-La mujer de Leland pensaba llevarte ante los tribunales para que respondieras 
del préstamo -dijo suavemente.

Vanessa se sentó muy rígida, completamente estupefacta.

-¿Cómo te has enterado de lo del préstamo?

Zac se limitó a encogerse de hombros, como si estuviera disfrutando con aquella
conversación.

-Eso no importa. El caso es que Jennifer ya no va a
hacerlo, yo he pagado el préstamo en tu nombre.

Incrédula, Vanessa se adelantó un poco.

-¿Cómo dices? -apenas podía creer lo que había oído.

-No quería que esa deuda te preocupara, Vanessa. Sólo pretendo mostrarte mis buenas intenciones.

-¿Bu... buenas intenciones? -tartamudeó Vanessa, incapaz de ocultar el terror que sentía.

-Claro -Zac alzó una mano para enfatizar sus palabras, evidentemente disfrutando del
impacto que habían tenido sus palabras sobre la imperturbable Reina de Hielo-. 
Ningún hombre decente chantajearía a la mujer que desea llevarse a la cama, ¿no?

Vanessa alzó la cabeza, roja de ira.

-¿Acaso te crees que soy una completa *******? -casi gritó.

Tranquilamente, Zac Efron se levantó, divertido
ante semejante arrebato.

-Si tenemos en cuenta las decisiones que has ido tomando en tu vida, no sé por qué
te asusta mi franqueza.

Vanessa se quedó con la boca abierta, respiraba frenéticamante, como si se estuviera
ahogando. De un plumazo, aquel hombre había conseguido acabar con su
autodominio.

-Y no hace falta que te disculpes -continuó Zac burlón-. Sé muy bien cómo
eres en realidad. Primero te pones pálida y luego rígida. He visto los
esfuerzos que hacías cada vez que Leland te ponía la mano en público para no
rechazarlo. Hubiera resultado muy divertido veros en la cama...

Vanessa logró contenerse haciendo un enorme esfuerzo de voluntad. Deseaba matar a aquel
hombre, pero ni siquiera era capaz de articular palabra. Nunca antes había
sentido semejante furia, por lo que no tenía ni idea de cómo manejar aquella
situación.

-Sin embargo, creo que lo que más le gustaba a Leland era presumir delante de sus amistades: «Fijaros, tengo a una morena el doble de alta que yo y tres veces más joven» -continuó Zac en el mismo tono-. No creo que fuera demasiado exigente en la cama, ¿verdad? Ya no era ningún crío.

-Eres... eres el ser más vil y despreciable que he
visto en mi vida -siseó Vanessa apartando la vista de él.

-Y yo creo que puedo serte muy útil. Necesitas a alguien como yo -sin previo aviso, le colocó las manos sobre los hombros, obligándola a mirarlo. 

-¡Eso es una estupidez! -exclamó Vanessa forcejeando para liberarse de él. ¡Quítame las
manos de encima!

-¿Por qué estás tan enfadada? Ya te he dicho que me haré cargo del préstamo -dijo Zac
calmosamente
-. Pero si tú no quieres... Sé que los abogados de Coulters se han

puesto en contacto contigo.

La sola mención de la deuda fue como un chorro de agua fría para Vanessa.

-No puedo pagar ese dinero -confesó al fin. Estaba tan pálida como una estatua de cera-. Ni
siquiera una mínima parte.

-¿Por qué te preocupas tanto? -preguntó Zac-. Anda, siéntate, no vaya a ser que te caigas
redonda. Te repito que no tengo la menor intención de pasarte factura. Por
cierto, ¿puedo preguntarte para qué necesitabas ese dinero?

-Tuve algunos problemas financieros  -murmuró evasivamente, protegiendo una vez más a su padre, como siempre había hecho.

Intuía que semejante debilidad por parte de su progenitor no sería bien recibida por
un hombre tan fuerte. Exhausta y avergonzada, volvió a dejarse caer en el
sillón.
Por primera vez se sentía auténticamente asustada ante Zac Efron. En cierto modo,
él la poseía, tal y como Leland la había poseído una vez, pero al contrario que
el anciano, Zac esperaba algo muy concreto a cambio. No se había dejado engañar
por sus palabras, ni por su suave voz: en menos de diez minutos la había
convertido en una especie de títere.

-No suelo hablar de dinero con las mujeres -dijo Zac con suavidad-, y, desde luego, es algo de lo que no pienso volver a hablar contigo.

Vanessa se estremeció incrédula ante aquella perfecta personificación del millonario caballeroso.
Recordaba muy bien cómo solía comportarse en las reuniones de negocios con los
ejecutivos que estaban a sus órdenes. Parecía un poderoso rey entre simples
peones: aquellos hombres, tan bien preparados y trajeados, sudaban como
condenados sólo con que él los mirara, acatando todas sus órdenes sin rechistar
y temblando de miedo si él fruncía el ceño. Indudablemente, no soportaba tener
a idiotas a su alrededor.

-Sé muy bien a dónde quieres ir a parar -se oyó decir a sí misma.

Zac bajó la mirada hacia ella.

-Entonces, ¿a qué viene toda esta comedia?

Vanessa se quedó un tanto desconcertada. No se esperaba que él, simplemente,
reconociera que era lo suficientemente lista como para darse cuenta de sus
artimañas. Era como si la estrujara una mano de hierro envuelta en un guante de
terciopelo.

-Ven a cenar conmigo esta noche -continuó Zac suavemente-. Así podremos
hablar tranquilamente. Ahora necesitas un poco de tiempo para pensar.

-Nada de eso -replicó Vanessa al instante; quiso devolverle la mirada desafiante, pero lo único que
consiguió fue una extraña sensación, como si el suelo se desvaneciera bajo sus
pies. Sacudió la cabeza para aclarar un poco sus ideas-. 
No pienso ser tu

amante -declaró.

-Todavía no te lo he pedido.

-No hace falta que lo hagas: ni por un momento he
imaginado que ibas a ofrecerme algo más respetable. De todas formas, no tengo la
menor intención de seguir hablando de este tema -afirmó, pero al mismo tiempo procuró desviar la mirada-, así que muy pronto se verá si tienes buen o mal perder...

-No he perdido -la interrumpió Zac en voz baja-. Puedo ser muy insistente. Si te resistes,
lamentaré el tiempo que pierda en conseguirte, pero eso te hará también más
deseable.

Vanessa se estremeció sin saber muy bien por qué. Una especie de casi imperceptibles
señales de alarma le recorrieron la espina dorsal. Sin poderlo evitar, volvió
la cabeza para quedar bajo el hechizo de su malévola mirada.

-Y también me enfadaré mucho contigo -continuó Zac entre dientes, acercándose aún
más a ella.
 Tú no tuviste ninguna compasión de Leland, así que, ¿por qué tendría yo que tenerla de

ti? Además, pienso tratarte mucho mejor que él: sé lo que les gusta a las
mujeres. Y puedo darte lo que necesitas para sentirte segura, feliz, y satisfecha...

Vanessa estaba pasmada, se sentía como un niño a punto de cometer una terrible
travesura. Notó que se le aceleraba el pulso, sintió la sangre que le recorría
las venas, una corriente tal de excitación y poder que casi la dejó paralizada.

-¿Z... Zac? -susurró, más confundida que nunca.

-Me gusta cómo dices mi nombre -murmuró.





lunes, 7 de enero de 2013

capi 3



Antes de comenzar la lectura del testamento -anunció-, creo mi deber advertirles que
sólo podrán entrar en posesión de sus respectivos legados si cumplen
escrupulosamente las condiciones establecidas por mi cliente..
.
-¿Qué quiere decir con eso? -le interrumpió Lindsay impaciente.

El señor Hartley se quitó las gafas con gesto de cansancio.

-Supongo que todas ustedes saben que la señora
Leeward tuvo un feliz, aunque desgraciadamente corto, matrimonio, y que la
prematura y trágica muerte de su esposo, fue una fuente de continuo pesar para
ella.
-Sí, lo sabemos -asintió Ashley-. La madrina nos contó muchas cosas de Robbie.
-Murió en un accidente de coche, seis meses después
de la boda -añadió Vanessa-. A medida que pasaba el tiempo, hablaba de él como si fuera un santo. Parecía
pensar que el matrimonio era una especie de Santo Grial, la única esperanza de
felicidad para una mujer.
-Antes de morir, la señora Leeward se propuso visitar
a cada una de ustedes y, después de hacerlo, decidió modificar su testamento -les informó el señor Hartley-. Le
advertí que las condiciones que pensaba imponerles serían muy difíciles de
cumplir, si no imposibles. Sin embargo, la señora Leeward era una mujer muy
tozuda.

Se produjo un tenso silencio. Vanessa se dio cuenta de que Ashley no
parecía entender muy bien lo que ocurría, mientras que Lindsay, incapaz de
disimular sus sentimientos, estaba mortalmente preocupada.
El albacea procedió a la lectura del testamento, según el cual Nancy Leeward
había dividido su considerable fortuna en tres partes exactamente iguales, que
cada una de ellas recibiría con la condición de que se hubieran casado en el plazo
de un año, y de que hubieran permanecido así al menos durante otros seis meses.
Sólo entonces entrarían en posesión de su parte. Si alguna de ellas no lo
conseguía, ésta pasaría al estado.
Cuando Edward Hartley terminó la lectura, Vanessa estaba pálida como una difunta.
Había rogado con toda su alma para que aquel testamento la librara de la deuda
que casi había destruido su vida, y en cambio se encontraba con que, de nuevo,
la suerte le daba la espalda. Desde que su madre muriera cuando ella era apenas
un bebé, hacía casi veintidós años, y debido a la adicción al juego de su
padre, nada le había resultado fácil en la vida.

-¡Debe estar bromeando! -estalló Lindsay incrédula.
-Nunca podré conseguirlo -murmuró Ashley señalando su barriga.

Vanessa la miró con simpatía. Evidentemente, la pobre
chica había sido seducida y abandonada.

-Yo tampoco... -empezó.
-¡Por favor Vanessa! ¡Seguro que hasta harán cola
para casarse contigo! -exclamó Lindsay exasperada.
-¿Con mi estupenda reputación?
-Bueno -continuó
Lindsay
-, todo lo que se nos pide es un hombre y un anillo de boda. Creo

que podré conseguirlo si pongo un anuncio en el periódico ofreciendo parte de
la herencia a cambio.
-Aunque estoy seguro de que
lo dice en broma -intervino Hartley con
severidad-
, debo advertirle que si utilizara una artimaña semejante,

inmediatamente se vería eliminada del testamento.

Vanessa podía entender muy bien las razones de su madrina para adoptar semejante
postura: en los últimos meses había visitado a cada una de las jóvenes, y lo
que había visto no había podido por menos que decepcionarla.
Para empezar, aparentemente Vanessa estaba viviendo en pecado con un
hombre casado, mientras que Ashley iba camino de convertirse en una madre
soltera. En cuanto a Lindsay, pensó llena de remordimientos, unos meses después
de su cruel humillación en la iglesia había dado a luz una niña. No era de
extrañar que la impetuosa pelirroja odiara a los hombres desde entonces.

-Es una vergüenza que tu madrina os haya puesto semejantes condiciones para recibir el testamento -se lamentó Liz, la amiga de Vanessa, mientras las dos mujeres examinaban la carta enviada por los abogados de
Leland-
. Si no lo hubiera hecho, todos tus problemas estarían resueltos.
-Quizá debería haberle contado a Nancy la verdadera
razón por la que estaba viviendo en casa de Leland... pero no quería darle a
entender que necesitaba ayuda. No hubiera sido justo: detestaba a mi padre, ¿sabes? -replicó Vanessa
reflexivamente, pero sin pizca de autocompasión. Había sufrido tantas y tan
amargas decepciones en su vida que ya ni pensaba en ellas.
-Creo que lo que necesitas
es un buen asesor legal. Al fin y al cabo, sólo tenías diecinueve años cuando
firmaste el préstamo, y lo hiciste bajo una presión tremenda. Realmente, temías por la vida de tu padre -comentó
Liz esperanzada.

Desde el otro extremo de la mesa de la cocina, Vanessa se quedó mirando
la pecosa cara de la amiga que, literalmente, la había rescatado ofreciéndole
un techo donde cobijarse por el tiempo que le hiciera falta. Liz Blake era la
única persona en la que confiaba; nunca se había dejado engañar por la
brillante apariencia que hacía que tantas mujeres se mostraran envidiosas
cuando no abiertamente hostiles hacia ella. La mujer era ciega de nacimiento y
muy independiente; se ganaba la vida trabajando como ceramista, y tenía muchos
y buenos amigos.

-Firmé aquel papel con todas las consecuencias para salvar a mi padre -le recordó Vanessa-. Desde entonces, no me ha vuelto a pedir dinero.
-Nessa..., no le ves desde hace tres años -puntualizó su amiga.
-Está realmente avergonzado, Liz, se siente muy
culpable.

Liz levantó la cabeza y acarició el lomo de Bounce, su perro labrador, tumbado a su
lado.

-Me pregunto quién viene a vernos. No espero a
nadie... y nadie excepto los de tu agencia saben que vives aquí -Liz se levantó un instante antes de que
sonara el timbre de la puerta, y reapareció al cabo de dos minutos-.
 Tienes

una visita: es un hombre alto, moreno, con una voz muy atractiva. Dice que es
amigo tuyo.
-¿Amigo mío?
-repitió Vanessa perpleja.
Liz asintió.
-Debe serlo para haberte encontrado aquí. Bounce le
ha hecho el reconocimiento habitual, y parece que le ha dado el visto bueno, así
que le he hecho pasar al salón. Escucha, atiéndele mientras yo voy al estudio a
terminar el pedido que tengo pendiente.

Vanessa se preguntó a quién habría dejado pasar Liz. Esperaba que no fuera algún
horrible periodista.
En cuanto entró en la pequeña estancia, se quedó como clavada en el suelo, incapaz de
afrontar la situación que se le venía encima.

-Vanessa... ¿cómo estás? -la saludó Zac Efron, extendiendo una mano hacia ella.
Ella dio un paso atrás, como si enfrente tuviera una serpiente; el corazón le latía a
toda velocidad. ¿Cómo era posible que Liz hubiera creído que se trataba de un
amigo?

-Señor Efron...
-Llámame Zac -le pidió sonriente.

Vanessa parpadeó atónita. Nunca le había visto sonreír antes. En los últimos tres años
habían coincidido apenas media docena de veces, y aquella era la primera vez
que él parecía reparar en su existencia. En las demás ocasiones, no sólo no le
había dirigido la palabra, sino que se había puesto a hablar en griego cuando
ella había hecho algún intento por entrar en la conversación.
Sin embargo, plantado delante de ella, parecía incluso divertido ante su evidente confusión.

-No entiendo para qué ha venido hasta aquí... o
cómo ha conseguido encontrarme -dijo Vanessa al fin.
-¿Es que acaso te habías perdido? -repuso Zac con voz ronca, recorriendo su
cuerpo con la mirada de una forma que a ella le pareció insultante
-. A mí

me parece que sabes muy bien para qué he venido.
-No tengo la menor idea -replicó Vanessa con los ojos relucientes de ira como dos zafiros.
-Ahora eres una mujer libre...

«Esto no puede estar pasándome a mí», se dijo Vanessa incrédula. Procuró mostrarse
firme, no dar la menor muestra de debilidad ante aquella mirada implacable.
Recordó un instante de hacía unos seis meses: él la había sorprendido mirándolo, y
tomándoselo como una invitación, le devolvió una mirada cargada de puro y
simple apetito sexual. No había sido más que un segundo, pero había bastado
para que a Vanessa se le revolvieran las entrañas.
Mil y una veces se había dicho que no habían sido más que imaginaciones
suyas. Que todo lo que aquel arrogante griego sentía por ella no era más que
pura indiferencia. A veces conseguía enfadarla por su descortesía, pero llegaba
a entender semejante comportamiento, pues, a diferencia de Leland, Efron nunca
hubiera exhibido a una mujer, por hermosa que ésta fuera, en una reunión de
negocios.

-Y por eso -continuó Zac con la seguridad de un hombre
que estaba acostumbrado a conseguir lo que deseaba
-, ahora te quiero en mi

vida.


sorry la tardanza ....:)