jueves, 6 de diciembre de 2012

capi 2



Sin duda, Zac Efron, el auténtico cabeza de familia, contaba con el respeto de todos los
miembros del clan. Era un hombre frío, implacable y enormemente seguro de sí
mismo. Además, era inmensamente rico y poderoso. Conseguía atemorizar a la
gente con su sola presencia. Cuando Leland rompió su matrimonio, Zac había cortado
de raíz las quejas y llantos de Jennifer con una simple mirada. De alguna forma,
se había enterado de que ella le había sido infiel primero, e, implacable, así
se lo hizo saber.
Desde entonces, Jennifer había evitado volver a encontrarse con él. Sólo
había conseguido superar el temor que le inspiraba para pedirle consejo acerca
de la mejor forma de gestionar la rentable cadena de casinos propiedad de
Leland.

-¿Cómo lo conseguirás? -preguntó con la boca seca, sin comprender muy bien todavía cómo había sido
capaz de ponerse en sus manos
.

-Mis métodos son cosa mía -replicó Zac cortante, dando por concluida aquella conversación.
La impenetrable expresión de su atractivo rostro la hizo estremecerse de
pies a cabeza.

Sin embargo, se sentía triunfante: Zac le había ofrecido su
ayuda y aquella zorra muy pronto iba a pasarlo muy mal. Sólo eso le importaba.
Cuando se quedó solo, Zac hizo algo completamente inusual en él: ordenó a su sorprendida
secretaria de que no le pasara ninguna llamada y se arrellanó indolente en el
sillón de cuero, contemplando la magnífica vista de la City londinense que se
extendía frente a él. Ya no necesitaría más duchas frías, pensó, al tiempo que
esbozaba una sensual sonrisa. 
No habría más noches solitarias.
Su sonrisa se hizo aún más amplia: la Reina de Hielo iba a ser suya. Después de una espera de
más de tres años, estaba a punto de conseguirla.
El que fuera una reconocida aventurera, no mermaba un ápice su extraordinaria belleza.
Incluso el mismo Zac, acostumbrado a tratar con las mujeres más hermosas, se
había quedado sin habla al verla por primera vez. Le había parecido la
mismísima Bella Durmiente de los cuentos: inaccesible, intacta... Su sonrisa se
trocó en una amarga mueca. ¡Todo aquello no eran más que tonterías! Durante
tres años, aquella mujer había sido la amante de un hombre tan viejo que podía
haber sido su abuelo. No había ni pizca de inocencia en ella.
Sin embargo, decidió que no la presionaría con el préstamo. Se portaría
como un caballero: le ayudaría a solucionar todos sus problemas económicos y,
de ese modo, se ganaría primero su gratitud y después su lealtad. No volvería a
mostrarse fría y, en agradecimiento, él estaba dispuesto a rodearla de todos
los lujos, a darle cualquier cosa que pudiera necesitar o desear. Ya no tendría
siquiera que volver a trabajar.

Por suerte para ella, Vanessa no podía ser más ajena a los planes que
estaban forjando para su futuro cuando salió del taxi. Cada uno de sus
movimientos estaba dotado de una elegancia especial, innata. Se quedó de pie un
momento mirando la casa de su difunta madrina, una mansión georgiana que se
alzaba en medio de un cuidado jardín. 
Mientras se acercaba a la puerta, tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas. Recordó que el mismo día en que hizo su primera aparición pública con
Leland, su madrina le había escrito que ya no sería bien recibida en aquella casa. 
Sin embargo, apenas cuatro meses antes, la anciana había ido a visitarla
a Londres para reconciliarse con ella, aunque no le había dicho que estaba
mortalmente enferma. Vanessa se enteró de su muerte cuando ya la habían
enterrado.
Había sido convocada a la casa para la lectura del testamento de Nancy, lo que daba a entender que, definitivamente, su madrina le había perdonado por su escandaloso
proceder.
Para complicar las cosas, Vanessa llevaba en el bolso una carta que acababa de
recibir y comprometía cualquier posibilidad de felicidad y libertad futuras. En
la misma se le recordaba la deuda contraída con Leland, y que ingenuamente ella
había supuesto que estaba cancelada desde el momento en que decidieron romper
su relación. A fin de cuentas, él se había llevado tres años de su vida,
durante los cuales Vanessa había empleado cada céntimo de lo que ganaba para
devolverle el préstamo.

¿Acaso no le parecía suficiente? En aquellos momentos no sólo estaba prácticamente en la
bancarrota, si no que sus posibilidades de seguir trabajando estaban seriamente
comprometidas por la mala publicidad.
 Leland era un fatuo, pero ella nunca
pensó que fuera mala persona, y mucho menos que necesitara el dinero. ¿Por qué
no le daba un poco más de tiempo para recuperarse?
El ama de llaves le abrió la puerta antes de que llamara a la campanilla.

-Señorita Hudgens -le saludó fríámente-. La señorita Lohan y la señorita Tisdale la
esperan en la salita de dibujo. El señor Hartley, el albacea, vendrá enseguida.

-Gracias... no hace falta que me acompañe. Recuerdo
bien el camino.

Temerosa del recibimiento que le iban a dispensar las otras dos jóvenes, especialmente
una de ellas, se detuvo ante uno de los ventanales que daba a la rosaleda que
había sido el orgullo y la alegría de Nancy Leeward. Recordó las deliciosas
meriendas infantiles preparadas para las tres niñas, Vanessa, Lindsay y Ashley,
quienes se esforzaban por mostrar sus mejores modales ante Nancy, quien como
nunca había tenido niños, mantenía unas ideas bastante anticuadas sobre la
forma en que éstos debían comportarse.
Sin embargo, Vanesssa nunca había encajado en aquel ambiente. Tanto Lindsay como Ashley
pertenecían a familias acomodadas, y siempre que iban de visita a Gilbourne
llevaban preciosos vestidos, mientras que Vanessa nunca tenía nada decente que
ponerse. Así que, año tras año, Nancy se la llevaba de compras; ¡qué sorprendida
se habría quedado su buena madrina si se hubiera enterado de que el padre de Vanessa
revendía aquellos costosos vestidos en cuanto su hija regresaba a su casa!
Su difunta madre, Gwen, había trabajado como señorita de compañía de Nancy,
pero ésta siempre la había considerado como una amiga en vez de una empleada.
Sin embargo, nunca le había gustado el marido que había elegido.
Por desgracia, Russ Hudgens había resultado ser un hombre débil, egoísta y poco
digno de confianza, pero también era el único padre que Vanessa había tenido, y
sólo por eso le profesaba una lealtad sin fisuras. Su padre se había esforzado
por sacarla adelante, y, a su modo, la quería mucho. Sin embargo, la forma en
que se comportaba cuando iba a ver a Nancy era una cruz que a Vanessa se le
hacía difícil soportar.
Invariablemente, y a pesar del evidente disgusto de la dama, Russ se empeñaba en sacarle algo de
dinero.
Vanessa apenas podía reprimir un suspiro de alivio cuando por fin se marchaba; sólo
entonces era capaz de tranquilizarse y divertirse.
-Me había parecido oír un coche, pero debo haberme
equivocado -dijo en voz alta y clara una voz femenina-. Espero que Vanessa venga pronto, estoy deseando verla.
Al acercarse un poco más a la salita de dibujo, Vanessa identificó la voz de Ashley,
tan amable y dulce como la recordaba.

-Pues a mí me da lo mismo -replicó secamente otra mujer-. ¡Vanessa, la muñequita parlante...!

-Lindsay, no es culpa suya ser tan guapa -le reconvino Ashley.

Vanessa no pudo evitar un estremecimiento. Por lo visto, Lindsay no le
había perdonado todavía lo ocurrido tres años antes, a pesar de que no hubiera
sido en absoluto culpa suya: su novio la había dejado plantada el mismo día de
la boda, tras confesarle que se había enamorado de una de las damas de honor...
precisamente de Vanessa, quien no sólo no había flirteado con el novio en
cuestión, sino que no había mostrado nunca el más mínimo interés por él.

-¿Y acaso eso es una excusa para robarle el marido a otra? -preguntó agriamente su amiga.

-No creo que se pueda elegir de quién nos enamoramos -contestó Ashley extrañamente emocionada-.
Vanessa debe sentirse muy mal ahora que él ha vuelto con su esposa.

-¿Enamorada? ¡Y un cuerno! -estalló Lindsay-. Vanessa no le habría mirado dos veces si no
hubiera sido tan rico. ¿Acaso ya te has olvidado de cómo era su padre? Esa
chica lleva la codicia en sus genes. ¿No te acuerdas de cómo Russ le hacía la
rosca a Nancy para sacarle los cuartos?

-Recuerdo muy bien lo que le molestaba a Vanessa que lo hiciera -repuso Ashley.

Vanessa sintió que se le hacía un nudo en él estómago. Nada, absolutamente nada había
cambiado. Lindsay era muy tozuda, y nada ni nadie conseguirían hacerle cambiar
de opinión. De golpe, se desvanecieron todas las esperanzas de Vanessa de que
el tiempo hubiera curado todas las heridas.

-No se puede negar que es toda una belleza..., no es extraño que intente aprovecharse de ello- continuó Lindsay implacable sobre
todo teniendo en cuenta de que eso es lo único que tiene. Nunca me pareció muy
inteligente la verdad...

-¿Cómo puedes decir semejante cosa? -le reprochó Ashley-. Sabes muy bien que
Vanessa es disléxica.

Vanessa se quedó lívida al escuchar aquella alusión a su secreto mejor guardado.

-Fíjate -continuó Ashley-, a pesar de eso ha conseguido ser muy famosa.

-Si tu idea de la fama es salir en los anuncios de champú, supongo que tienes razón -replicó Lindsay cínicamente.

En aquel momento Vanessa decidió que ya había escuchado suficiente, y
con un enérgico taconeo se dirigió hacia la estancia, esforzándose por esbozar
una deslumbrante sonrisa.

-¡Nessa! -exclamó Ashley azorada.

Ella se quedó sin habla al ver que la dulce y rubia Ashley estaba inequívocamente
embarazada.

-¿Cuándo te has casado? -preguntó sorprendida.

-Yo... -la joven enrojeció hasta la raíz del pelo-. No... no lo he hecho.

 Atónita, Vanessa recordó que el padre de Ashley era un hombre muy estricto, que había inculcado
a su hija su severo concepto de la moral.

-Bueno, no importa -replicó, procurando quitarle hierro al asunto para que su amiga no se
sintiera aún más avergonzada.

-Me temo que criar a un hijo sin padre no es tan fácil en el mundo en el que se ha criado Ashley como en el tuyo -intervino Lindsay.

La luz de la tarde sacaba destellos rojizos de su corta melena, mientras sus
ojos verdes chispeaban de furia.
Vanessa recordó que Lindsay también era madre soltera, pero decidió no decir nada.

-Ashley sabe a lo que me refiero.

-¿De verdad...? -empezó a decir Lindsay.

-Me estoy mareando -la interrumpió Ashley
abruptamente.

Sin pensarlo, las dos jóvenes se dirigieron hacia ella. Vanessa la obligó a
sentarse en el sillón más cercano y le sirvió una taza de té, instándola a que
se comiera una galleta.

-Quizás debería verte un médico -comentó Lindsay preocupada-. La verdad
es que cuando estaba embarazada de Zia, jamás estuve enferma...

-Estoy bien... Fui al médico el sábado pasado -respondió-. Estoy un poco cansada, nada
más.

Justo en aquel instante entró Edward Hartley, el albacea de la madrina, quien sin
demasiada ceremonia se sentó y sacó un documento de su maletín.



gracias por tu consejos alice ..disculpa si no los hice bien pero ando un poco apurada sorry
y grax por comentar..y descuida pronto se pondra mejor...no como la nove anterior pero .... jajaja byeeee

1 comentario:

Alice dijo...

de nada :)
si, a veces los principios de las noves pueden parecer aburridas
pero la paciencia es una virtud XD

ya me cae mal lindsay ¬¬
ness dislexica :S
pobrecita
pero eso no impedira ke se ligue al tio mas rico y buenorro de la ciudad XD
el ya dice ke va a ser suya XD

porke los zacs de las noves tienen tanta seguridad en si mismos y sin embargo el real sigue ahi haciendo el idiota sin hacer nada por recuperar a ness? ¬¬

bueno, siguela pronto
bye!
kisses!