lunes, 7 de enero de 2013

capi 3



Antes de comenzar la lectura del testamento -anunció-, creo mi deber advertirles que
sólo podrán entrar en posesión de sus respectivos legados si cumplen
escrupulosamente las condiciones establecidas por mi cliente..
.
-¿Qué quiere decir con eso? -le interrumpió Lindsay impaciente.

El señor Hartley se quitó las gafas con gesto de cansancio.

-Supongo que todas ustedes saben que la señora
Leeward tuvo un feliz, aunque desgraciadamente corto, matrimonio, y que la
prematura y trágica muerte de su esposo, fue una fuente de continuo pesar para
ella.
-Sí, lo sabemos -asintió Ashley-. La madrina nos contó muchas cosas de Robbie.
-Murió en un accidente de coche, seis meses después
de la boda -añadió Vanessa-. A medida que pasaba el tiempo, hablaba de él como si fuera un santo. Parecía
pensar que el matrimonio era una especie de Santo Grial, la única esperanza de
felicidad para una mujer.
-Antes de morir, la señora Leeward se propuso visitar
a cada una de ustedes y, después de hacerlo, decidió modificar su testamento -les informó el señor Hartley-. Le
advertí que las condiciones que pensaba imponerles serían muy difíciles de
cumplir, si no imposibles. Sin embargo, la señora Leeward era una mujer muy
tozuda.

Se produjo un tenso silencio. Vanessa se dio cuenta de que Ashley no
parecía entender muy bien lo que ocurría, mientras que Lindsay, incapaz de
disimular sus sentimientos, estaba mortalmente preocupada.
El albacea procedió a la lectura del testamento, según el cual Nancy Leeward
había dividido su considerable fortuna en tres partes exactamente iguales, que
cada una de ellas recibiría con la condición de que se hubieran casado en el plazo
de un año, y de que hubieran permanecido así al menos durante otros seis meses.
Sólo entonces entrarían en posesión de su parte. Si alguna de ellas no lo
conseguía, ésta pasaría al estado.
Cuando Edward Hartley terminó la lectura, Vanessa estaba pálida como una difunta.
Había rogado con toda su alma para que aquel testamento la librara de la deuda
que casi había destruido su vida, y en cambio se encontraba con que, de nuevo,
la suerte le daba la espalda. Desde que su madre muriera cuando ella era apenas
un bebé, hacía casi veintidós años, y debido a la adicción al juego de su
padre, nada le había resultado fácil en la vida.

-¡Debe estar bromeando! -estalló Lindsay incrédula.
-Nunca podré conseguirlo -murmuró Ashley señalando su barriga.

Vanessa la miró con simpatía. Evidentemente, la pobre
chica había sido seducida y abandonada.

-Yo tampoco... -empezó.
-¡Por favor Vanessa! ¡Seguro que hasta harán cola
para casarse contigo! -exclamó Lindsay exasperada.
-¿Con mi estupenda reputación?
-Bueno -continuó
Lindsay
-, todo lo que se nos pide es un hombre y un anillo de boda. Creo

que podré conseguirlo si pongo un anuncio en el periódico ofreciendo parte de
la herencia a cambio.
-Aunque estoy seguro de que
lo dice en broma -intervino Hartley con
severidad-
, debo advertirle que si utilizara una artimaña semejante,

inmediatamente se vería eliminada del testamento.

Vanessa podía entender muy bien las razones de su madrina para adoptar semejante
postura: en los últimos meses había visitado a cada una de las jóvenes, y lo
que había visto no había podido por menos que decepcionarla.
Para empezar, aparentemente Vanessa estaba viviendo en pecado con un
hombre casado, mientras que Ashley iba camino de convertirse en una madre
soltera. En cuanto a Lindsay, pensó llena de remordimientos, unos meses después
de su cruel humillación en la iglesia había dado a luz una niña. No era de
extrañar que la impetuosa pelirroja odiara a los hombres desde entonces.

-Es una vergüenza que tu madrina os haya puesto semejantes condiciones para recibir el testamento -se lamentó Liz, la amiga de Vanessa, mientras las dos mujeres examinaban la carta enviada por los abogados de
Leland-
. Si no lo hubiera hecho, todos tus problemas estarían resueltos.
-Quizá debería haberle contado a Nancy la verdadera
razón por la que estaba viviendo en casa de Leland... pero no quería darle a
entender que necesitaba ayuda. No hubiera sido justo: detestaba a mi padre, ¿sabes? -replicó Vanessa
reflexivamente, pero sin pizca de autocompasión. Había sufrido tantas y tan
amargas decepciones en su vida que ya ni pensaba en ellas.
-Creo que lo que necesitas
es un buen asesor legal. Al fin y al cabo, sólo tenías diecinueve años cuando
firmaste el préstamo, y lo hiciste bajo una presión tremenda. Realmente, temías por la vida de tu padre -comentó
Liz esperanzada.

Desde el otro extremo de la mesa de la cocina, Vanessa se quedó mirando
la pecosa cara de la amiga que, literalmente, la había rescatado ofreciéndole
un techo donde cobijarse por el tiempo que le hiciera falta. Liz Blake era la
única persona en la que confiaba; nunca se había dejado engañar por la
brillante apariencia que hacía que tantas mujeres se mostraran envidiosas
cuando no abiertamente hostiles hacia ella. La mujer era ciega de nacimiento y
muy independiente; se ganaba la vida trabajando como ceramista, y tenía muchos
y buenos amigos.

-Firmé aquel papel con todas las consecuencias para salvar a mi padre -le recordó Vanessa-. Desde entonces, no me ha vuelto a pedir dinero.
-Nessa..., no le ves desde hace tres años -puntualizó su amiga.
-Está realmente avergonzado, Liz, se siente muy
culpable.

Liz levantó la cabeza y acarició el lomo de Bounce, su perro labrador, tumbado a su
lado.

-Me pregunto quién viene a vernos. No espero a
nadie... y nadie excepto los de tu agencia saben que vives aquí -Liz se levantó un instante antes de que
sonara el timbre de la puerta, y reapareció al cabo de dos minutos-.
 Tienes

una visita: es un hombre alto, moreno, con una voz muy atractiva. Dice que es
amigo tuyo.
-¿Amigo mío?
-repitió Vanessa perpleja.
Liz asintió.
-Debe serlo para haberte encontrado aquí. Bounce le
ha hecho el reconocimiento habitual, y parece que le ha dado el visto bueno, así
que le he hecho pasar al salón. Escucha, atiéndele mientras yo voy al estudio a
terminar el pedido que tengo pendiente.

Vanessa se preguntó a quién habría dejado pasar Liz. Esperaba que no fuera algún
horrible periodista.
En cuanto entró en la pequeña estancia, se quedó como clavada en el suelo, incapaz de
afrontar la situación que se le venía encima.

-Vanessa... ¿cómo estás? -la saludó Zac Efron, extendiendo una mano hacia ella.
Ella dio un paso atrás, como si enfrente tuviera una serpiente; el corazón le latía a
toda velocidad. ¿Cómo era posible que Liz hubiera creído que se trataba de un
amigo?

-Señor Efron...
-Llámame Zac -le pidió sonriente.

Vanessa parpadeó atónita. Nunca le había visto sonreír antes. En los últimos tres años
habían coincidido apenas media docena de veces, y aquella era la primera vez
que él parecía reparar en su existencia. En las demás ocasiones, no sólo no le
había dirigido la palabra, sino que se había puesto a hablar en griego cuando
ella había hecho algún intento por entrar en la conversación.
Sin embargo, plantado delante de ella, parecía incluso divertido ante su evidente confusión.

-No entiendo para qué ha venido hasta aquí... o
cómo ha conseguido encontrarme -dijo Vanessa al fin.
-¿Es que acaso te habías perdido? -repuso Zac con voz ronca, recorriendo su
cuerpo con la mirada de una forma que a ella le pareció insultante
-. A mí

me parece que sabes muy bien para qué he venido.
-No tengo la menor idea -replicó Vanessa con los ojos relucientes de ira como dos zafiros.
-Ahora eres una mujer libre...

«Esto no puede estar pasándome a mí», se dijo Vanessa incrédula. Procuró mostrarse
firme, no dar la menor muestra de debilidad ante aquella mirada implacable.
Recordó un instante de hacía unos seis meses: él la había sorprendido mirándolo, y
tomándoselo como una invitación, le devolvió una mirada cargada de puro y
simple apetito sexual. No había sido más que un segundo, pero había bastado
para que a Vanessa se le revolvieran las entrañas.
Mil y una veces se había dicho que no habían sido más que imaginaciones
suyas. Que todo lo que aquel arrogante griego sentía por ella no era más que
pura indiferencia. A veces conseguía enfadarla por su descortesía, pero llegaba
a entender semejante comportamiento, pues, a diferencia de Leland, Efron nunca
hubiera exhibido a una mujer, por hermosa que ésta fuera, en una reunión de
negocios.

-Y por eso -continuó Zac con la seguridad de un hombre
que estaba acostumbrado a conseguir lo que deseaba
-, ahora te quiero en mi

vida.


sorry la tardanza ....:)

2 comentarios:

Alice dijo...

ke sutil XD
pero al parecer a vanessa no le cae bien zac :s
me as dejado intrigada
a ver ke le dira aora a zac
no creo ke hagan nada estando en casa de la amiga de ness XD
bueno, siguela porfis
y pronto
bye!
kisses!

TriiTrii dijo...

Zac tan directo haha
Amiix siguela ya!
Me ha encantado!
Quiero saber que le dira Vanessa!
TKM<3